Sí, lo son. “En tus manos me encomiendo” le dije cuando oí su diagnóstico y parafraseando un dolor temido.
Me habló con suficiente claridad como para entender mi gravedad y, sin embargo, yo estaba tranquila, sabía que él me salvaría la vida.
Así que, cuando oigo a un ser miserable, porque hay que ser miserable para dirigirse a un médico diciéndole: “¡Eh, que yo te pago!”, le fulmino con la mirada y me retengo para no enzarzarme en una inútil pelea. ¡¿Cómo explicarles a estos miserables el valor que posee el médico al tomar las decisiones que salvan una vida, el esfuerzo de sus años de formación, la responsabilidad en sus decisiones, o, el amor por su paciente, por su vida?!
Y más, después de haber pasado tres meses de “vacaciones hospitalarias”,
En el Hospital de Torrevieja oí el consuelo de la enfermera a los gritos de soledad de un inglés, sin idioma. Tumbada, bajo el peso de las sábanas (por la propia debilidad) y sin tiempo que medir, observaba el vaivén de médicos y enfermeros, que se movían al ritmo de las más graves necesidades. Era continuo, sin parar… no había espacio, ni tiempo. Yo estaba agotada, me faltaba el aire y ¡Las “tripas”! Pero sobreviví, fui un milagro en las manos del cirujano.
Los días de hospital fueron inciertos, obscuros e interminables, ni la imaginación era capaz de solaparlos. El equipo médico lo sabía y en el poco momento que tenían libre, se acercaban a cuidad también mi estado anímico. Sobrepasé los días de obscuridad y comenzaron los cálculos matemáticos para seguir la recuperación en casa: Tengo el honor de que me han dedicado un batido reconstituyente. Y por otro lado, no me extrañaría figurar en el Guiness, al no tener tripas.
Sin saber porqué, me acuerdo de Dickens “Quien tiene un amigo tiene un tesoro”. Quizá no nos demos cuenta de la grandeza profesional y humana de los médicos de Torrevieja, hasta que por falta de medios, se hayan ido a un país limítrofe.
Pilar A. del Manzano


































